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Testimonio de Mercerdes Rivas

17 enero, 2013

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AR NO ES ANA ROSA
Recuerdo muy bien la primera vez. Fue en los años ochenta. Yo estaba tomando apuntes en la universidad, hasta que empezó a dolerme y a inflamarse el dedo pulgar de mi mano derecha

No podía sostener el bolígrafo. Le comenté a un compañero que no podía escribir y me miró con asombro. ¡Cómo no poder hacer algo a lo que dedicábamos entre cuatro y cinco horas cada día y que practicábamos desde hacía años para no perder puntada de cuanto se dijera en clase!

Aquella sensación pasó en uno o dos días, no era tan grave para ir al médico y no lo fue por mucho tiempo, como tampoco lo serían nuevos dolores, punzadas y rojeces que atacaron a mis articulaciones un año tras otro. Pero un día apareció por fin el primer signo indiscutible de que yo padecía algo más que una molestia puntual ocasionada por una ráfaga de aire frío o una mala postura, como sugirió alguno de los médicos que para aquel entonces había consultado.

La rigidez plantar se presentó cuando yo era ya una mujer adulta y con suficiente conocimiento de la anatomía humana para saber que no se trataba de algo esporádico. Era el ataque estratégico de un enemigo que podía invadir mi cuerpo. Desgraciadamente no hubo quien diagnosticara la naturaleza de una enfermedad que pude descubrir gracias a internet, una herramienta que suelen deplorar muchos médicos pero que a menudo me ha aportado una información más precisa que muchos profesionales.

Si he de elegir un momento de gracia en el lento devenir de esta enfermedad, ese sería sin duda cuando un reumatólogo experto me confirmó lo que suponía: “Tienes artritis reumatoide. AR, que no es Ana Rosa.” Faltaba por hacer un estudio especializado pero comencé a mejorar con un tratamiento provisional, el primero de tantos y los muchos que todavía me esperan.

Tengo claro desde el principio que la AR es una enfermedad crónica, que te incapacita y que no tiene cura. Que con ella se pueden disfrutar etapas muy buenas y otras en las que mi cuerpo no sabrá responder. Odio estar atada de por vida a una ingesta de pastillas cuyos efectos son tan beneficiosos como nocivos. No le doy las gracias a esta AR porque no me ha aportado nada positivo y contra la que me rebelo todos los días. Quisiera no ser una persona dependiente pero lo soy. Quisiera que mis muñecas y mis manos no las sintiera tan frágiles que hasta acariciar me duele.

Desde aquí quiero hacer una llamada de atención a los profesionales de la salud para que atiendan de verdad las quejas y dolencias del paciente y si no saben entender lo que les decimos, que nos remitan a otro colega más preparado y con mejor oído. La ARTRITIS REUMATOIDE es una enfermedad terrible, bastante fácil de diagnosticar, crónica y nada complaciente. Y nos puede incapacitar. Podríamos soportarla mucho mejor si contásemos con toda la ayuda especializada que necesitamos. La de nuestra familia, que nos quiere y nos apoya y no mira hacia otro lado, no basta. Ojalá se duela también quien nos lea.


Mercedes Rivas

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