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Testimonio de Oscar Vellosillo González

30 octubre, 2012

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Hace unos meses cumplí mis bodas de plata. Os diré que no ha sido una relación fácil. Cuando nos conocimos yo apenas había abandonado la adolescencia y sabía poco de la vida. Ella me pilló desprevenido y se me declaró fiel compañera. Al principio pensé que sería más como un rollo de verano, pero pronto me vi muy pillado, no me dejaba ni a sol ni a sombra. Y como os podéis imaginar un chaval con poco más de 18 años necesita algo de libertad.

He de reconocer que en todos estos años he deseado una y mil veces el divorcio, pero no lo he conseguido. Tan sólo algún alejamiento ocasional, algunos meses en verano de Rodríguez, pequeños espejismos de que ya no estaba a mi lado, pero ahora creo que incluso esos periodos los controla ella, los provoca para hacerme sentir libre, es su pérfida artimaña para que de vuelta a la normalidad le siga teniendo el respeto que me demanda.

Ya sé, ya sé, pensáis que soy muy duro con ella, que toda relación tiene sus momento buenos y sus momentos malos, sus ventajas e inconvenientes, que en algo he de estar agradecido a ella.

Y es verdad, de estos 25 años juntos también rescato aspectos positivos, pocos, a decir verdad pocos, aunque algunos han calado hondo en mí y los considero imprescindibles. Ahora en un momento os detallaré los que considero más importantes pero antes quiero contaros algo más de ella.

Cuando la conocí ella era enigmática, imprevisible, como os decía antes no se despegaba nunca de mí. Ya en las primeras noches capté su pasión, su enorme pasión, ella me despertaba en medio de la noche, hacía subir mi temperatura y acababa empapado en sudor. A la mañana siguiente despertaba exhausto, con el cuerpo apelmazado y ella seguía allí a mi lado, entonces se volvía dulce, cálida. Me acompaña durante el día allí donde yo fuera, me sorprendía de cuando en cuando con nuevas sensaciones y yo no lograba llegar a entenderla. Con el tiempo me alejó de mis amigos, me convirtió en una persona más esquiva con mi familia, con el trabajo, me hizo abandonar el deporte que practicaba habitualmente, me hizo más egocéntrico, más desconfiado. Llegué a odiarla.

¿Os digo su nombre? Muchos ya sabéis quién es.

Se llama Artritis, de apellido Reumatoide

¿Verdad que la conocéis?

Sabréis entonces porqué hablo con este desprecio de ella. Sabréis entonces por lo que he pasado durante todos estos años. Podéis imaginaros el dolor, la desesperación, el abatimiento, las lágrimas, la huída inútil, la incomprensión, el esfuerzo vano, la debilidad. Ella es todo eso, y es también hospitales, rehabilitación, inseguridad, medicación, férulas, análisis, intervenciones, incapacidades. Ella es deterioro físico y moral. Es cruel y perseverante. Y aún con todo lo que sabemos de ella, sigue siendo para nosotros una desconocida. Una pérfida desconocida.

Pero de todos estos aspectos negativos ya tenéis constancia, desgraciadamente para muchos de vosotros es el día a día y no es justo que venga yo a recordároslo, así que quiero ahora extenderme en todas aquellas experiencias positivas que la artritis me ha aportado.

En todos estos años he aprendido a convivir con mi enfermedad, hace ya tiempo dejé de quejarme, de sentirme diferente y desgraciado, de preguntarme una y mil veces porqué yo.

Me he vuelto una persona muy optimista, soy positivo en todos los aspectos, no dejo que el dolor físico se convierta en dolor psíquico ni que mis limitaciones funcionales se traduzcan a limitaciones emocionales.

También la enfermedad me ha convertido en una persona más tolerante, más comprensiva, más sensible.

No lo he conseguido yo solo, he tenido la suerte de contar con el apoyo de mi familia, de mi hijo, de mis amigos, de las personas queridas que en cada momento han estado a mi lado, de mis compañeros de trabajo. El cariño, la comprensión y la paciencia de todos ellos siempre me ha protegido.

También he encontrado ayuda en la asociación de afectados, allí he dejado de sentirme un bicho raro. Allí he comprobado que hay muchas personas en mi misma situación y que el contacto y la unión entre nosotros contribuye a entender lo que sufrimos, a trabajar para recibir la atención y protección que necesitamos y a sentirnos más fuertes para luchar contra nuestra enfermedad.

Ahora voy superando las crisis y los malos brotes de la enfermedad y salgo reforzado de ellos, con la certeza de que la vida es un regalo y cada día nuevo es una propina. Disfrutando a cada momento de una montaña de pequeños lujos o porciones de felicidad.

Un paseo por el parque, un rato de lectura, una conversación con un amigo, una receta de cocina, la música en la radio, una película, las palabras de tu familia, de tu hijo, un día de sol en invierno, un rato de escritura, una partida de cartas, una pizca de ejercicio, un concurso en la tele, un baño en la piscina, una excursión al campo, un domingo que no madrugas, el cariño de la persona querida.

Ya dije, no todo ha sido padecimiento durante estos 25 años. He tenido y seguiré teniendo el amor de las personas queridas, he vivido y seguiré viviendo momentos felices, experiencias agradables. Seguiré disfrutando de cada día y considerándome, a pesar de todo, un afortunado.


Óscar Vellosillo González

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